Una persona humilde es aquella que es consciente tanto de sus virtudes como de sus limitaciones, reconociendo y aceptando los éxitos y fracasos en igual medida.

El humilde tiene una actitud activa frente los retos. Busca aprender y superarse pero asumiendo que no siempre será posible. No se compara ni compite con los demás porque entiende que cada cuál es único, con sus debilidades y fortalezas.
Se puede pensar que la persona humilde es débil, poco carismática o incluso un poco básica y simple pero nada más lejos de la realidad. La persona humilde disfruta de grandes beneficios como:

✓ Relaciones más gratificantes y sólidas
La humildad nos invita a dialogar y no a discutir o querer imponer nuestra opinión. Escuchamos más y hablamos menos. Se desarrolla la empatía y no nos frustramos si hay opiniones contrarias a las nuestras.

✓ Fortalece nuestra autoestima
La humildad nos conduce a la aceptación de nuestros defectos, debilidades y limitaciones. Pero al mismo tiempo somos conscientes de todas nuestras virtudes y fortalezas.

✓ Crecemos y mejoramos
Cuando trabajamos nuestra humildad adquirimos la capacidad de aprender de los errores, estamos abiertos a nuevas ideas y sin duda, evolucionamos y crecemos enormemente a nivel personal.

✓ Somos más flexibles
Dejamos a un lado la soberbia y la vanidad y nos abrimos a nuevas ideas, aunque eso no significa que tengamos que abandonar las nuestras.

Cuando somos pequeños somos muy espontáneos, y no fingimos ser quien no somos, miramos a la gente a los ojos, luego vamos cambiando poco a poco y perdemos la humildad. Tratemos de recuperarla, no tengamos miedo al autoconocimiento que es el verdadero camino para crecer.

La humildad es una gran virtud que yace en todos nosotros. Vamos desenterrándola porque es una joya que debe darnos una intensa luz que elimina el miedo, la inseguridad y abre a la persona a las verdades universales.
Reflexión: Si eres humilde, nada te puede dañar, ni los elogios ni la vergüenza porque tú sabes lo que eres.